Nos despertamos muy temprano a cantar y rezar Laudes: así comenzamos el día alabando a Dios.
La Eucaristía es el centro y cima de nuestra vida.
Esta se prolonga en la Liturgia de las Horas que impregna nuestra jornada con la plegaria diurna y nocturna: “siete veces al día te alabo, Señor”.
La comunión y encuentro con Cristo en la Eucaristía y en la oración litúrgica se nutren con la oración personal, que tenemos dos horas al día, y en el ejercicio ininterrumpido de la presencia de Dios.
El día transcurre en un clima de alegría, suavidad y paz. El silencio y la soledad son su nota característica.
El trabajo que nos permite ganar nuestro sustento ocupa también parte importante de la jornada.
Y escucharás la alegría de nuestras voces y risas
En nuestros recreos, nuestra alegría se traduce en nuestras voces y risas. Son dos momentos fuertes de encuentro comunitario que nos permiten vivir un sano equilibrio entre la vida de soledad y de encuentro fraterno.
Al final del día nuestra oración sube como incienso en su presencia... sumergidas en el silencio de la noche, bajo el amparo del Altísimo, ofrecemos también nuestro descanso.