Edith Stein vio la luz en Breslau el 12 de octubre de 1891, en el seno de una familia hebrea. Apasionada buscadora de la verdad a través de profundos estudios filosóficos, logró hallarla con la lectura de la autobiografía de Santa Teresa de Jesús.
El año 1922, recibió el bautismo en la Iglesia Católica y en 1933, entró en el Carmelo de Colonia. Murió mártir de la fe cristiana en los hornos crematorios del campo de concentración de Auschwitz el 9 de agosto de 1942, durante la persecución nazi, ofreciendo su holocausto por el pueblo de Israel.
Mujer de singular inteligencia y cultura, ha dejado numerosos escritos de elevada doctrina y de honda espiritualidad.
Fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia el 1 de mayo de 1987 y canonizada el 11 de octubre de 1998 en Roma.
"El que quiera desposar al Cordero tiene que dejarse clavar con él en la Cruz. Para esto están llamados todos los que están marcados con la sangre del Cordero, y éstos son todos los bautizados. Pero no todos entienden esta llamada y la siguen. Existe una llamada para un seguimiento más estrecho, que suena más penetrante en el interior del alma y que exige una respuesta clara. Es la llamada a la vida religiosa y la respuesta son los santos votos. A quien el Señor llama a dejar los vínculos naturales (familia, pueblo, ambiente), para entregarse solamente a Él, en éste destaca el vínculo nupcial con el Señor con mayor fuerza que en la multitud de los redimidos.
Por toda la eternidad tienen que pertenecer de manera preferida al Cordero, seguirle donde Él vaya y cantar el himno de las vírgenes que ningún otro puede cantar (Ap 14, 1-5). Si se despierta en el alma el deseo de la vida religiosa es como si el Señor la cortejara. Si ella quiere entrar con Él en la gloria celestial, tiene que dejarse clavar ella misma en su Cruz.
La Cruz se eleva de nuevo sobre nosotras. Ella es signo de contradicción. El Crucificado nos contempla desde allí: ¿También vosotras queréis abandonarme?" Confiados en la fuerza reparadora de este sagrado manantial nos postramos ante el Trono del Cordero y respondemos a su pregunta: "Señor, ¿a dónde iremos? Tú solo tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68). Concédenos la gracia de poder pronunciar con un corazón puro las palabras de la esposa: ¡Ve! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven pronto!
(Meditaciones Espirituales)